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PEDRO SABE MÁS QUE EL REY

Pedro era pobre, como yo. Su única riqueza era una gallina y un perolito pequeño como una toronja. Una mañana, quitando el brazo de la nuca de su mujer y aún con la mirada fija en el techo, le dice: Mujer me voy a caminar pa´ ver si encuentro alguna riqueza. 

 

En cuanto aclaró el día Pedro partió y sólo llevó consigo a su gallina, los 3 huevos que esa semana había puesto y claro, su perol. Cuando llegó a la mitad del camino empezó a sentir hambre y decidió ponerse a cocinar. En aquel perolito sólo cabían tres plátanos verdes, pero con eso bastaba. Limpió el lugar, paró los plátanos que había agarrado de una mata en el camino y sopló la candela cocinándolos ahí mismo. Cuando botó la vista pa´lante vio que venían tres caballeros. ¡Caramba!, se dijo, para acá vienen. Y de inmediato bajó el perolito, botó todos los tizones y sobre la tierra aún caliente lo volvió a poner. Al poco rato los tres señores estuvieron frente a él.

-       Buenos días, amigo. 

-       Buenos días, señores. 

-       ¿Qué hace usted ahí? 

-       Estoy cocinando. 

-       ¡Barajo, ve mira! ¿cocinando? ¿y sin candela? 

-       ¡Claro! Este perol es de virtud. Yo en mis viajes no cargo candela, solo mi perol. En él cocino mis tres verdes y como rico y sin fuego.

-       ¡Barajo! ¿y usted, cómo se llama?

-       Yo me llamo, Pedro Sabe Más Que El Rey. 

-       Oiga, Don Pedro ¿y no puede vendernos el perol? que a nosotros nos sirve de mucho en este largo viaje. Andaríamos libres de buscar casa y fuego para cocinar. 

-       Jum. ¿y ustedes ¿cuánto me dan por mi perol?

-       Le vamos a dar… 10 millones de sucres. 

-       ¡Jajajaja! ¡Yo qué voy a vender este perol en 10 millones, si este perol es de virtud!  Este cocina sin candela. Usted no más le dice: 

Perolito, perolito,

por la virtud

que Dios te ha dado

y la que tú tienes,

cocínate, que se cocina solito.

-       ¿Y  yo, jejeje, voy a vendérselo en 10 millones? ¿Qué va a creer?

-       Don Pedro ¿y en cuánto usted estima ese perol? 

-       Por este perol son… ¡20 millones de sucres!

Los tres viajantes se miraron, pensaron unos minutos y con un gesto aprobaron la compra. Le contaron una a una las monedas y uno a uno los billetes hasta completar la cantidad pactada: 20 millones de sucres, nada más y nada menos. Entonces Pedro, guardando muy bien el dinero, se despidió repitiéndoles: Cuando vayan a cocinar sólo deben recitarle el versito… que se cocina solito. 

Siguió Pedro rodando camino, tira piedra y tira piedra, camina y andar, camina y andar, descubriendo más adelante que la vía se dividía en dos: Estos han venido del camino nuevo, concluyó, yo ahora me voy por el camino viejo porque más luego ese perol no les cocina y seguro me vienen a perseguir. No señor, ahora me voy por el camino viejo. Y por ahí se metió. 

Por el viejo sendero se llegaba a la casa del Rey. Cuando Pedro se vio ante los reyes, así los saludó:

-       A Dios, Ave María, mi Rey. 

-       Venga, Pedro. 

-       Buenos días mi Sacareal Majestad. 

-       Buenos días, Pedro. 

-       Mi Señora Reina, buenos días. 

-       Buenos días, Pedro. 

-       Señoritas princesas, buenos días. 

-       Buenos días, Don Pedro. 

-       Tómese el asiento, Don Pedro. 

-       Muchas gracias. Vengo en largo viaje y nada más quería pedirle una posadita hasta mañana.

El Rey que hacía rato no tenía visitas no sólo accedió si no que también lo invitó a comer. Pedro sació su apetito con cuanto manjar quiso y se fue luego a dormir, no sin antes fijarse en el naranjo sin florecer que se levantaba junto a la ventana.

A eso de la media noche, cuando ya Pedro sintió que todos estaban dormidos, se levantó, tomó los 20 millones en monedas de plata y billetes que llevaba consigo y trepó al naranjo. 

A la mañana siguiente se escuchó la voz alarmada del oficial real despertando al Rey: ¡Su Majestad, venga a ver esto, venga a ver!

El naranjo había amanecido cargadito, pero no de naranjas. De sus ramas colgaban monedas y billetes como frutas. 

Pedro, riendo bajito, se acercó y muy serio les dijo: Si me permiten, su Sacareal Majestad, Real oficial, este naranjo ahí donde lo ven, no está bien cargado todavía. ¿Sabe, mi Rey? Yo conozco un secreto, Yo sé cómo cargar esa planta. Anoche lo hice como muestra de agradecimiento para usted.

Los ojos del Rey brillaron, se le abrieron como platos y empujando a un lado al oficial, tomó del brazo a Pedro y le dijo: ¡Caramba! Don Pedro, ¿usted me permitiría tomar esa cosecha y además aceptarme una jugosa oferta por su secreto? 

No, le contestó, Pedro. Y de inmediato, agregó. ¿Cómo puedo venderle esta cosecha si apenas por ella me daría… no sé… talvez 50 millones de sucres. ¡Ay barajo!, se escuchó decir a la real boca. ¿Qué son 50 millones para mi Rey?, se apresuró a decir Pedro, si cuando usted le pida al naranjo este puede cargar hasta con 300 millones… cada vez. 

La Reina entró corriendo mientras gritaba ¡Cómprasela! ¡Cómprasela! 

De inmediato le fueron contados los billetes y mientras Pedro los guardaba bien entre sus ropas le explicó: Majestad, usted nada más se para bajo el naranjo y le dice: 

Naranjito, naranjito

por la virtud que Dios te ha dado

y la que tú tienes, dame plata,

y solo bota el dinerito.

El Rey sin fijarse mucho en Pedro empezó a ordenar a sus sirvientes pues esa misma noche mudaría sus aposentos a la sombra del naranjo. Mientras tanto Pedro aprovechando que empezó a oscurecer, trepó nuevamente al naranjo, arrancó todo el dinero y lo metió en su chupa.  Cuando la luna ya colgaba del firmamento se escuchaba como un eco al Rey repetir… solo bota el dinerito, solo bota el dinerito.

Dicen que el Rey al amanecer se sentó y el naranjo seguía sin dar flor.

Dicen que allí desayunó, que ahí mismo almorzó, que allí merendó, 

hasta que el naranjo por fin floreció y que sólo una naranja le dio.

Mientras tanto Pedro seguía rodando camino. Ya sólo le quedaba su gallina y los 3 huevos. Y con ese cargamento llegó ante otro Rey que cuando lo vio pasar le preguntó.

-       ¿Usted para dónde lleva esa gallina?

-       Ay, mi Rey, esta gallina es de virtud. Usted nada más le dice:

Gallinita, gallinita,

por la virtud que Dios te ha dado

y la que tú tienes, pon tres huevos.

Y la gallina pone solita.

Ante los impresionados ojos del Rey, la gallina soltó los tres huevos que Pedro le había, con mucho cuidado, metido por la rabadilla la noche anterior. 

-       Ven mujer, gritó el Rey. Este tal Pedro carga una gallina de virtud.

-       ¿Y qué hace?, le preguntó.

-       Con sólo pedírselo en una hora pone tres huevos.

-       O sea que en dos tendríamos seis.

-       Y en tres, nueve.

-       Y en cuatro, doce…

Y así siguieron largo rato imaginando las grandes ganancias que aquella gallina les traería. Hasta que Pedro haciendo gesto de marcharse con su gallina los regresó a la realidad. 

-       ¿En cuánto nos vende la gallina?

-       ¿Cuánto usted me da?

-       Don Pedro, yo le voy a dar 50 millones de sucres. 

-       Jajaja ¿venderla? No, su Majestad. Es lo único que tengo.

-       ¡100 millones!, gritó la Reina. No se diga más.

Una a una le contaron las monedas y uno a uno los billetes hasta completarle los cien millones de sucres, nada más y nada menos. 

Bien por la mañana se levantó Pedro, se desayunó sus huevos y les dejó la gallina en el real gallinero que le habían preparado y se fue. 

Mientras avanzaba por el camino Pedro pensó, con esta riqueza es bastante. Y a buena hora estuvo de vuelta donde su mujer. 

-       ¡Marío qué es que habís traído!

-       La riqueza de tres vagos y dos tontos. 

-       Dios es el que sabe, le contestó su buena mujer. 

Cuentan que abrieron una tienda que se llamó Pedro Sabe Más Que El Rey, que se hicieron una buena casa y que nadie les ganaba en riqueza. 

¿El Rey? Jajajajaja. Sigue esperando que la gallina suelte un huevo.

Fuente: José Narcilo Caicedo Corozo, de Selva Alegre, Esmeraldas.

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