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Pescadores y cuenteros

El río Babahoyo acompaña el ir y venir de Samborondón. Este río se une al Daule para formar el Guayas. Esta unión de ríos más el Vinces y Los Tintos, alimenta y le da un hermoso marco a la ciudad y sus parroquias. Por todo ello son los pescadores y remeros un importante símbolo de este pueblo. Frente a su malecón podemos ver la estatua dedicada al Sambo Rendón, sosteniendo en una mano su canalete, en pie con actitud valerosa sobre su canoa.

Seguramente conoces su historia. Incluso al inicio del himno se lo menciona… 

Este nombre sonoro que ostentas,

por herencia es de fiel tradición,

que adoptaste de aquel de quien cuentan,

lo apodaban el Sambo Rendón.

Debes saberlo porque así seguramente lo cantas todos los lunes en la escuela. Allí debes haber aprendido también que tu bonito himno lo escribió el párroco Vicente Pacheco Carpio.

Don Fermín de Asaín, quien llegó desde Navarra, una ciudad de España a estas tierras, tenía entre sus criados a un mulato llamado Bartolomé, al que naturalmente llamaban “Sambo” por la forma rizada de sus cabellos, y cuyo apellido era Rendón… en resumen, todos le decían Sambo Rendón. 

Como el Sambo Rendón era el único habitante de raza negra llamaba mucho la atención y no pasó mucho tiempo para que todo aquel que anunciaba viaje hacia estas tierras no dijera: “Me voy donde el Sambo Rendón”.

Dicen que así se fue repitiendo la frase hasta que, como es nuestra costumbre de abreviar las palabras y pronunciar todo con rapidez de costeños, pronto al lugar se lo empezó a conocer como Samborondón.

Otros dicen que no, que el nombre de este pueblo es en homenaje a Brandán, el santo irlandés (Irlanda), también conocido como San Borondón. 

Lo importante es que el Sambo Rendón sigue con su estatua mirando hacia el río como custodiando sus riquezas y advirtiendo a los pescadores y viajantes de sus maravillas, sus peligros y aventuras.

Washington Gregorio Vizueta Tapia (50 años), uno de esos pescadores con dotes de conversador y cuentero, nos narra una de las historias que aprendió en Samborondón, sus campos y sus ríos.

 

El campesino, el lagarto y la zorra

Había una vez un campesino que tenía su casa en el campo con sus sembríos y animales. Nada les faltaba a él y su familia. Como todo lo tenían nunca se vio en la necesidad de salir de aquel lugar que era como un paraíso.

Pero un día dejó de llover, empezó a secarse el monte, las plantas morían y escaseaba la comida. Primero empezaron a morir los animales más grandes y cuando quedaba aún un poco de arroz, unas cuantas gallinas y unos perros, el campesino decidió tomar el camino y buscar ayuda.

-No te vayas por esos caminos. Tú nunca has salido de aquí, le advirtió la esposa.

-Tranquila, dijo él. Debo irme y encontrar trabajo.

-Pero si aún nos queda algo de comida y unos animalitos, insistió la mujer.

-No es suficiente, mujer. Piensa que tenemos hijos y que pronto no alcanzará. Más bien prepárame algo para el camino que mañana bien temprano me voy.

Tal cual lo había panificado, el campesino emprendió el camino y cuando el sol del medio día cayó directo sobre su frente buscó una poza donde refrescarse y cuál no fue su sorpresa que en la poza casi seca encontró a un pequeño lagarto desfalleciendo.

¡Pobre animalito!, pensó el campesino. Yo lo voy a ayudar, aquí se está muriendo, se dijo, y tomándolo con cuidado lo llevó consigo hasta llegar al río donde lo soltó para que viva feliz y en su ambiente. Cerca de aquel río encontró algunas frutas y otros alimentos. Cargó con todo lo que pudo y volvió contento a casa.

El tiempo pasó y pronto esos alimentos también se acabaron. El campesino recorrió varios campos por los alrededores y siempre encontraba algo pero pronto se acababa. Después de unos pocos años en todo el lugar no quedaba sitio donde creciera una fruta o algo de comer. Aquellos campos estaban improductivos.

-Esta vez sí me voy mujer, dijo el campesino.

-No quiero que te vayas, contestó ella.

-Sí, sí me iré, pero esta vez debo cruzar el río. De este lado ya no queda nada.

-El río es muy correntoso, no tenemos canoa, cómo vas a hacer, se lamentó la mujer.

-Ya veré, mujer. Ya veré, pero me tengo que ir, concluyó el campesino.

Cuando el campesino llegó frente al río comprobó lo que su mujer le había dicho: aquel río era muy correntoso y bravo. Iba a ser imposible cruzarlo a nado sin correr peligro de muerte. Así que se sentó a pensar sobre un pedazo de tronco que encontró. Hacía años que en aquel lugar había encontrado comida, pero ahora también estaba desolado. Mientras el sol caía se perdió en sus pensamientos tristes pero sobre todo tratando de encontrar un modo de cruzar ese río. Del otro lado seguro habría comida. Y fue así que el cansancio y la preocupación lo empezaron a vencer. Cuando estaba a punto de quedarse dormido, una voz lo hizo pegar un brinco sobre el tronco seco. 

-¡Barajo! ¿Quién anda ahí?, preguntó el campesino mirando para todo lado, sobresaltado.

-Buenos días, buen hombre. ¿Qué haces allí sentado?, contestó la voz.

-¿Quién es? ¿Quién me habla?

-Yo, le contestó la voz que increíblemente venía del río.

-¿Un lagarto que habla? El hambre me está volviendo loco, pensó el campesino.

-No, no, no. No estás loco. Cuéntame, qué haces allí sentado solito. ¿No quieres hablar conmigo?

-Jum… es que no entiendo como puedes hablar como la gente.

-Porque Dios me dio ese don. Pero dime, por qué estás tan triste.

-Eso no te interesa a ti, solo a mí.

-¿Por qué te pones así? Cuéntame. Talvez yo te pueda ayudar.

-Es que quiero cruzar al otro lado del río y no tengo cómo.

-¿No tienes canoa? ¿Y si usas un tronco?

-No, no tengo. Y el único tronco es este, pequeño y seco. Es muy difícil cruzar así.

El lagarto y el campesino se quedaron un rato mirándose el uno al otro, como pensando una salida. El campesino sentado en el tronco y el lagarto moviendo pacientemente su cola provocando pequeñas ondas en el agua. Se hundió y cuando parecía que estaba a punto de irse, volvió a sacar su enorme cabeza y habló.

-¿Tú no te acuerdas de mí?

-¿De ti? ¿Y tú quién eres?

-Te acuerdas que hace unos años me salvaste la vida. Hacía un solazo que me estaba matando y tú, llamándome pobre animalito, te compadeciste y me trajiste al río. 

-Sí me acuerdo.

-Ese soy. Mírame ahora, he crecido. Soy una lagarta hembra.

-Ah, bueno. ¡Qué grande estás!

-Entonces, ahora yo te puedo ayudar. ¿Quieres cruzar al otro lado? Yo te cruzo.

-Nooooooo. Tú eres una fiera brava y me vas comer.

-Pero si tú me salvaste la vida, yo te puedo pagar con el mismo favor.

-Noooo. A mí mis padres me enseñaron que tú eres una fiera temible y no puedo confiar.

-Pero en mí puedes confiar pues yo te debo la vida.

Tanto insistió la lagarta que el campesino finalmente aceptó. Confiando en la promesa que le hiciera de que no se lo iba a comer, se subió en su lomo y partió con ella. El enorme animal empezó a nadar como solo ellos pueden hacerlo en el río. Pero en lugar de cruzar hacía el otro lado empezó a dirigirse río abajo y el campesino entendió su error. 

Mientras tanto en el hogar del campesino había un tremendo alboroto. Uno de sus hijos, que lo había seguido escondiéndose tras los matorrales, vio cómo su padre se había montado en aquel temible lagarto, y había vuelto a su casa a avisar. Todos corrieron al río a tratar de salvarlo y cuál no fue su sorpresa cuando encontraron al campesino que ya venía de vuelta completamente mojado… y completo.

Esto fue lo que pasó cuando la fiera se lo iba llevando:

-¿Por qué me llevas río abajo si yo te pedí cruzarme?, preguntó alarmado el campesino.

-Como te dije, soy una lagarta y mis hijos también están muriendo de hambre. No debiste confiar en mí. Soy una fiera terrible.

-Pero tú me prometiste que no me comerías. 

-Ya te lo dije, soy una fiera y mis hijos tienen hambre.

Cuando el campesino sobre aquel lomo ya iba bastante lejos, pensando que su vida se perdía para siempre, escuchó una voz que venía de lo alto de un árbol y decía.

-Buenos días, Tía Lagarta. ¿Cómo está usted?

-De apuro, Tía Zorra. Que tenga buenos días, contestó malhumorada Tía Lagarta.

-¿Pero a dónde va tan apurada y con ese peso encima?, insistió la Tía Zorra.

-Ah, este el almuerzo de hoy.

-Se ve muy suculento… bueno, para usted. Yo estoy acá disfrutando estas guayabitas.

Mientras Tía Zorra así entretenía a Tía Lagarta, con la pata trasera le hacía señas al campesino para que se agarrara de una rama larga que le estaba acercando.

-¡Bah! Guayabas, yo no como esa tontería. ¡Frutas! ¡Jamás! Yo como carne.

-Eso es porque usted no las ha probado, insistió Tía Zorra.

-Jum. Puede ser.

-Vamos pruebe unita, le dijo Tía Zorra mostrándole una suculenta guayaba.

Entonces la Tía Zorra empezó a lanzarle guayabas como una loca y fue tal la distracción de la Tía Lagarta que el campesino pudo agarrarse con fuerza de la rama y saltar hacia el árbol, salvando su vida de aquella fiera dientona y mentirosa.

-¡Te salvaste gracias a la Tía Zorra! Si no, habrías sido mi alimento y el de mis pequeños. Pero ya sabes: Nunca confíes en una fiera brava, se fue sentenciando la Tía Lagarta.

-Adiós, gritó el campesino bien agarrado en lo alto del árbol.

Cuando todo pasó se bajó de aquel árbol y le preguntó a la Tía Zorra cómo podía pagarle tan grande favor. Entonces ella le contó que también tenía hijitos, siete zorritos, y que aquellas guayabas no eran suficientes, que ellos necesitaban comer gallina. Págame con siete gallinas, le pidió Tía Zorra. Aquí te espero, confío en ti, dijo y se subió al árbol.

Esto contó el hombre a su familia, que feliz lo abrazaba y besaba. A la mañana siguiente cuando todos se despertaron vieron al campesino caminar hacia al gallinero con un saco. 

-¿Qué vas a hacer?, le preguntó su mujer.

-A cumplir la promesa a la Tía Zorra, le contestó.

-¿Te has vuelto loco? Pero si son las últimas gallinas que nos quedan. Después no tendremos qué comer.

-Pero yo le hice la promesa. Ella me salvó la vida, insistió él.

-No importa, no vayas. 

-No puedo hacer eso. 

-No me importa, esa es la comida de nuestros hijos, se detuvo firme frente al gallinero la mujer.

-Entonces ¿qué hago?

-¡Ya sé!, dijo ella. Mete en el saco esos perros flacos que también andan con hambre por ahí.

El campesino lo pensó un buen rato: Finalmente se decidió y metiendo al saco a siete perros flacos y hambrientos, emprendió el camino hacia el árbol de Tía Zorra.

La Tía Zorra subida en el palo de guayaba esperaba ansiosa y cuando vio venir al campesino con el saquillo al hombro, gritó feliz: ¡Ya me trajiste mis gallinas!. Aquí te las traigo, le dijo el campesino y soltó a los perros en el mismo instante en que Tía Zorra bajaba del árbol feliz por el banquete que le daría a sus zorritos y zorritas. 

Los ladridos la hicieron reaccionar. La pobre sólo atinó a dar la vuelta y volver a subirse lo más rápido que pudo a la copa del árbol, pero con tan mala suerte que uno de los perros alcanzó a morderla y arrancarle el rabo. 

¡¡¡Iiiiiiiiiiiiihhhhhhh!!!!, fue el grito que se escuchó en aquel monte. Un grito de dolor y pena de la pobre Tía Zorra.

- ¿Así me pagas, vil hombre, el haberte salvado la vida?

- Perdóname, por favor.

- Era verdad, lo que me decían mis padres: nunca confíes en una fiera brava, reflexionó entre lágrimas Tía Zorra. El hombre un bien con un mal lo paga. 

- Discúlpame, pero yo también debo defender a mis hijos.

La Tía Zorra desapareció y el campesino volvió triste a su hogar en medio de aquel campo desolado.

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